martes, 25 de noviembre de 2008

Bouvard y Pécuchet

Este libro me está dejando perplejo. No os contaré la causa de mi perplejidad porque ese es tema de tertulia con cervezas y los cigarrillos que le robo a Paco (las gafas se me caen intentando entender mis notas ), pero si que quiero adelantaros algo para pensar (por si este blog nos ayuda a tertuliar). Ahí van algunas cosas:
  • En el Prologo de Carlos Pujol (edición de Planeta clásicos Blacklist) compara a nuestros protagonistas con el Quijote ¿que os parece?He tenido que preguntar a mi hija Jimena la definición de antihéroe que le explican en clase de literatura
  • Este libro me produce irritación, me resulta doloroso leerlo: diría que el sentimiento que me provoca se parece a la vergüenza ajena. Reflexionando "contratrasnferencialmente", que dirían los freudianos, he sacado cosas interesantes relacionados con el "placer de la lectura". Buena discusión con Paco sobre el sufrimiento. Poned al mente en blanco y decidme que sensacion os provoca la cena que organizan para las fuerzas vivas del pueblo.
  • 1880 pleno apogeo de la modernidad y el culto al progreso científico: el comienzo de la sociedad de masas, el fin de todas las aristocracias. ¿Que os parece la visión de la Ciencia de Flaubert?
  • Bueno guapos, pués esto es para probar que si no, Paco se pone pesado

Jose Manuel

4 comentarios:

Francisco Javier Torres dijo...

Ahí estamos, José Manuel, para esto sirve el blog, sí señor, puntos a discutir, llamadas, sugerencias. Me parece cojonudo el estreno, querido amigo. Ah, y sobre la pesadez o pesantía ya hablaremos tú y yo en privado, ya (je, je).

Chu dijo...

Temas para reflexionar, sin duda, para pensar y debatir...pero hoy no me toca. Me han dicho en la librería que esperan recibirlo de un momento a otro, que ya debe estar al llegar. Bueno pues espero, que todo llega y mientras, me salto una tertulia y leo La Catedral, de Carver, que éste sí lo tenían. (Murakami, me acompañó este verano y volver a él se me hace cuesta arriba). Lo siento, José Manuel, me hubiese gustado comentar sobre los apuntes que haces del libro de Flaubert, pero dada la situación, en lugar de esto hago una llamada de atención sobre lo subliminar, los mensajes que se cuelan en nuestras cabecitas sin sentirlos y que dejamos pasen con la mayor de las naturalidades.  Se dan por hechos, o por sabidos, o simplemente son aceptados porque... "es lo habitual".  Para cuando tratemos La Catedral, os propongo esta adivinanza: ¿qué único personaje asume qué papel, en cada uno de los doce relatos de Carver?Para nota, quien pueda presentarlo con ejemplo.Un beso y buenas noches.

Efectivos del asteroide dijo...

6/4/1881 Maupassant comentando el libro dixit "la impotencia del esfuerzo, la vanidad de la información, la eterna miseria de todo"
Y Bouvard: " la ciencia esta hecha siguendo los dones proporcionados por un rincón del entendimiento. Puede que no le convenga todo el resto que se ignora, que es mucho mas grande y que no se puede describir"
Y Flaubert en el libro, en un detalle retrata la miseria de un personaje (el maestro librepensador Petit)"Como estaba oscureciendo, Petit ordenó brutalmente a su mujer que subiera una palmatoria a su despacho"
O se pone poético "vivían así en ese tedio del campo tan pesado cuando el cielo blanco aplasta con su monotonía un corazón sin esperanza. Se escucha el paso de un hombre con zuecos a lo largo del muro, o las gotas de lluvia que caen desde el tejado. De vez en cuando una hoja seca roza los cristales, después gira y se va. El viento trae un confuso doblar de campanas. En el fondo del establo muge una vaca."
Hay pa to
Jose Manuel

Jose Manuel dijo...

Mirad hasta donde llega el texto de Flaubert

Popper, Bouvard y Pécuchet.
Nueva refutación del Mundo 3
Ruy J. HENRÍQUEZGARRIDO
(Universidad Complutense de Madrid

Hacia finales de los años 60, en un célebre artículo suyo titulado
“Epistemología sin sujeto ognoscente”1, Karl Popper propuso la hipótesisde que las teorías científicas, las obras de arte, la poesía y, sobre todo, el
conocimiento objetivo registrado en libros, revistas o en cualquier otro medio, podrían conformar lo que primero denominaría Tercer Mundo y, posteriormente,
el Mundo 3. Se trata de un mundo independiente del mundo real
y del mundo de los estados mentales. Un mundo que tendría efectos sobre la realidad y en el que se podrían hacer escubrimientos de la misma índole que los que se llevan a cabo en el mundo físico: como cuando se descubre un territorio aún inexplorado, un río que nadie ha cruzado o una desembocadura
no registrada todavía en ningún mapa.
... podemos distinguir los tres mundos o universos siguientes: primero, el mundo
de los objetos físicos o de los estados físicos; en segundo lugar, el mundo de los estados de conciencia o de los estados mentales o, quizá, de las disposiciones comportamentales a la acción; y en tercer lugar, el mundo de los contenidos de
pensamiento bjetivo,especialmente, de los pensamientos científicos y poéticos y de las obras de arte.2
Este mundo hipotético, que recuerda inmediatamente a Platón y su teoría de las ideas, ha tenido desde su postulación innumerables refutaciones a manos de quienes son partidarios de una interpretación monista de la realidad: positivistas lógicos, fisicalistas, conductistas, etc.; para quienes las producciones
del pensamiento, lo simbólico y lo abstracto, y aún la propia mente
humana, carecen no sólo de valor, ante cualquier experiencia de los sentidos, sino de la existencia ontológica necesaria que nos permita hablar de ello.
La tradición literaria y filosófica suele atribuir a Aristóteles el haber
dicho que si bien era amigo de Platón, se consideraba más amigo de la verdad. La proliferación innecesaria de mundos que le atribuía a Platón, molestaba
a Aristóteles tanto como la idea misma de vacío. Y es que verdaderas
para Aristóteles, de acuerdo con Brentano3, son todas aquellas proposiciones que pueden ser verificadas con alguna realidad material, siendo, en última
instancia, esta realidad la que determina el conocimiento y el valor de verdad de nuestros enunciados.
Es conocida la anécdota en la que un periodista pregunta a Einstein qué armas cree que se emplearán en la tercera guerra mundial. El físico, consciente de la capacidad destructora de la bomba atómica, respondió: “No lo sé, pero en la cuarta se usarán palos y piedras”. Probablemente, inspirado por el
mismo espíritu catastrofista que enmarcó los años de la guerra fría, Popper imaginó que si la humanidad desapareciera dejando unos cuantos descendientes,
el conocimiento y la civilización podrían ser recuperados siempre y
cuando se conservaran las bibliotecas y la capacidad de aprender de los libros, es decir, si no desapareciera el Mundo 3.
No fue, sin embargo, la disputa con los filósofos monistas, sino la crítica hacia la perspectiva subjetivista imperante en la epistemología, la que contribuyó
a que Popper fundamentara la existencia del conocimiento objetivo, su autonomía y su capacidad de operar transformaciones sobre los estados mentales,Mundo 2, y la realidad física, Mundo 1. Muchos años antes de esta enriquecedora, aunque polémica, hipótesis popperiana, Flaubert imaginó un infierno semejante, en una novela dolorosamente cómica en la que trabajó los últimos años de su vida y que sólo llegaría
a ver la luz, inconclusa y póstumamente, en 1881. Se trata de su célebre Bouvard y Pécuchet. En ella Flaubert cuenta la historia de dos hombres mediocres que, sin saber muy bien cómo, se ven arrastrados vertiginosamente
a casi todas las formas del conocimiento, sin conseguir entender algo de las ciencias o de las artes. Esta fantástica refutación de Popper, que le precede un siglo, y de su teoría del Mundo 3, es para algunos una metáfora de la impotencia del hombre, de su inútil pretensión de conocimiento y del fracaso
de la ciencia. Borges justifica esta idea en su Vindicación de “Bouvard et Pécuchet”4.
En ese texto llama imbéciles a los dos personajes y cree encontrar el sentido de la novela en la imposible aprehensión del conocimiento que, en última instancia, refleja el escepticismo del propio Flaubert hacia la ciencia y el saber
humanos.
Flaubert, según Faguet, soñó una epopeya de la idiotez humana y superfluamente le dio (movido por recuerdo de Pangloss y Candide y, tal vez, de Sancho y Quijote) dos protagonistas que no se complementan y no se oponen y cuya dualidad no pasa de ser un artificio verbal. Creados o postulados esos fantoches,
Flaubert les hace leer una biblioteca, para que no la entiendan. Faguet denuncia
lo pueril de este juego, y lo peligroso, ya que Flaubert, para idear las reacciones
de sus dos imbéciles, leyó mil quinientos tratados de agronomía, pedagogía, medicina, física, metafísica, etc., con el propósito de no comprenderlos. Observa
Faguet: “Si uno se obstina en leer desde el punto de vista de un hombre que lee
sin entender, en muy poco tiempo se logra no entender absolutamente nada y ser obtuso por cuenta propia.”5 Resulta dudoso que este, u otro, sea el único sentido de esta magnífica novela. Sin embargo, si uno se acerca al libro de Flaubert, en el que dos hombres
absurdos se hallan extraviados en el limbo de su ignorancia y de sus prejuicios, hasta el punto de resultar conmovedores, comprueba que lo que no pueden soportar, ni Bouvard ni Pécuchet, es la incertidumbre que compete a
todo conocimiento: que siempre abandonan el camino de la ciencia cuando ésta les muestra los límites, las fronteras imprecisas en donde el conocimiento
hace sus avances.